Museo Quinquela Martin: un tesoro a orillas del Riachuelo

Fuente: Perfil – En el corazón de La Boca, rodeado de las tradicionales casas de chapa y fachadas art nouveau, se erige este espacio fantástico, inaugurado en 1938, que no solo alberga la más vasta colección de obras de Benito Quinquela Martín (1890-1977).

El sol y los colores se unen en las manos de un artista para pintar de vida su lugar en el mundo. Un paso de ferrocarril abandonado renace como museo de arte a cielo abierto, en 1954. El célebre Caminito, en el Barrio de La Boca, una calle de vivos colores, vía de exposición de obras de diversos artistas, cerca de las chapas de cinc de las casas típicas boquenses y de fachadas de art nouveau sobrevivientes. Mérito de la intervención estética del artista que reinventó un barrio de la ciudad de Buenos Aires: Benito Quinquela Martín (1890-1977).

Desde 2010, Quinquela tiene su estatua en la Avenida Pedro de Mendoza al 1800, modelado en yeso con el diseño de Antonio Oriana. Desde allí, contempla el Museo de Bellas Artes de La Boca “Benito Quinquela Martín”, inaugurado en 1938, con la más vasta colección de su obra. 

Al llegar a La Boca, con Laura, mi esposa, nos sorprendemos por una pequeña isla verde en el Riachuelo, de origen artificial, hogar hoy de aves y patos; vemos el Puente Avellaneda, distintiva presencia barrial frente a una escultura en relieve de un artista que aprendió por sí mismo:  Vicente Walter, también digno de recuerdo. Y en pocos minutos entramos al museo, en cuyo primer piso vivió el pintor de La Boca por excelencia.

Allí nos reciben Walter Caporicci Miraglia, autor de un importante libro de difusión sobre Quinquela, del que luego hablaremos; y Víctor Fernández, director del museo, desde 2014. Con gran amabilidad nos guían entre las salas en las que cohabitan las pinturas de Quinquela, con las obras de otros artistas como, por ejemplo, y entre muchos otros: Eduardo Sívori, Miguel Carlos Victoria, Fortunato Lacamera; o su maestro Alfredo Lazzari, por el que sentía especial predilección; o el escultor Luis Perlotti, fuertemente presente en la colección del museo que consta de 1456 obras.

Y Quinquela sentía también especial cariño por la famosa sala con mascarones de proa del museo que remite al pasado marinero de La Boca, cuando los muchos barcos fondeados en lo que fue su puerto fueron el basamento de una importante industria naval con 22 astilleros. Lugar de diversos oficios portuarios nutridos por inmigrantes, muchos italianos. Los mascarones eran esculpidos por artesanos no identificados para decorar la proa de embarcaciones de madera, reemplazadas por los barcos a vapor con cascos de acero a fines del siglo XIX. En ese contexto, entre 1930 a 1935, Quinquela recibió una donación de 20 mascarones que evocan los días de gloria de numerosos navíos que surcaron el Río de la Plata u otros mares de remotas olas y espumas.

El museo también exhibe una terraza de esculturas, contigua a la casa que habitó Quinquela, en la que se conserva su mobiliario, su dormitorio, una modesta cocina, una heladera. Y una sala en la que se reunía la “Orden del Tornillo” creada por el artista en 1948; lúdica cofradía de entusiastas tertulias que distinguía a quienes le “faltaba un tornillo” por su  apego a la Verdad, el Bien y la Belleza. Al entregar la condecoración, un cordón dorado con un gran tornillo pendiente, el artista, ataviado en un traje de almirante, decía: «Este tornillo no los volverá cuerdos, muy por el contrario, los preservará contra la pérdida de esa locura luminosa de la que se sienten orgullosos”.

Museo Quinquela Martín, un tesoro en La Boca.

El museo bulle de vida, de personal solícito para guiar y contestar preguntas de los visitantes. Huérfano de origen, Quinquela vivió en la Casa de Niños Expósitos (hoy Casa Cuna), en la que fue abandonado. Luego, fue adoptado por un humilde padre carbonero. Para ayudar a su familia adoptiva, el artista niño cargó bolsas de carbón. Artista autodidacta, dibujó con carbón y apeló a una espátula, y una paleta de exuberantes colores. Así expresó la épica de los trabajadores del puerto de cara al Riachuelo. En sus lienzos, la humildad del trabajo entre barcos y ritmos marinos trasfiguran lo cotidiano en vida espiritual, en un mundo pasado que resplandece en un presente no lacerado por el tiempo, en escenas portuarias plasmadas por la técnica del impasto. La tela impregnada de espesas capas de pintura mediante espátula de albañil, atendiendo a los recortes y el afinamiento de los bordes, para conseguir un vivo volumen. En Quinquela, el trabajo portuario deviene energía sentimental, evocación sensible que alcanza la piel del espectador.

Por el Quinquela humanista y filántropo, su pintura se continuó en la donación magnánima: «cuanto hice y conseguí… a mi barrio se lo debo. Por eso mis donaciones las considero… devoluciones», se lee al pie de su radiante estatua ante su museo. Sus donaciones son el centro de su legado, el llamado complejo quinqueliano: en torno a su Casa-Museo se suceden la Escuela Pedro de Mendoza (con murales creados de su mano, y para cuya construcción quedó endeudado), y el Teatro de la Ribera, el Lactario Municipal, un Instituto Odontológico Infantil, y una Escuela Técnica de Artes Gráficas.  Gesto filantrópico que, además de refrendar la convicción moral de devolver lo recibido, abona otro de los lemas de Quinquela: “Los hombres no valen por lo que tienen, ni siquiera por lo que son. Valen por lo que dan”.

Walter Caporicci Miraglia, nieto del artista Juan Carlos Miraglia (1900-1983), es autor de Benito Quinquela Martín. El hombre que fue nosotros (2020), obra de gran valor documental nacido de su paciente estudio del archivo del Museo Quinquela, complementado con otras fuentes externas como bibliotecas y posibles huellas quinquelianas en diversas fundaciones, organismos públicos y privados; y la consulta a quienes conocieron al genial artista; arduo trabajo de feliz resultado bajo el apoyo y estímulo continuo del director del museo.

Sobre esta obra Walter nos refiere que “una de las grandes deudas que tenía el Museo de Bellas Artes de La Boca “Benito Quinquela Martín” con su fundador, fue precisamente una publicación que abarcara integralmente su biografía, es decir que en ella se reflejaran todos los aspectos profesionales y personales de Quinquela, sus fabulosas conquistas artísticas y a la vez sus particularidades como ser humano, ya que entiendo que es imposible relatar la vida de semejante prohombre desligada de lo que fue su propia aventura de vivir”.

Museo Quinquela Martín, un tesoro en La Boca.

En el periodo de entreguerras, entre la primera y la segunda guerra mundial, Quinquela alcanzó proporciones internacionales. Con sus múltiples exposiciones en Río de Janeiro, 1920; Madrid, 1923; París, 1926; New York, 1928; La Habana, 1928; Roma, 1929, y Londres, 1930. El modesto artista de La Boca obtuvo un inesperado éxito de ventas y favorables críticas, como nunca antes había ocurrido con un artista argentino en el exterior. Quinquela visitó el Viejo Continente, o New York, mientras las vanguardias artísticas desbordaban profusos “ismos”: surrealismo, dadaísmo, futurismo, expresionismo… Pero, como  Borges, o  Hopper,  no sintió ninguna atracción por las revoluciones estéticas de su época. Quinquela simplemente pinta su identidad, que brota del ambiente portuario. Nunca lo seduce la abstracción o el conceptualismo, solo abraza la sufrida épica de los trabajadores del puerto, y sus barcos y las corrientes de las aguas; y los astilleros y la soldadura de los navíos; y los atardeceres que se extinguen después de la fatiga de un largo día de trabajo. Visionario de la honda y poética   simplicidad barrial. Esa originalidad quizá representaba una diferencia respecto al ámbito artístico del primer mundo de su tiempo.

De ahí que, sobre el estilo del artista, Miraglia nos dice: “Su arte no respondía a ningún “ismo” de la época. No era del todo impresionista, ni del todo expresionista. Tampoco era del todo fauvista, ni del todo realista. Para Quinquela, el realismo era un punto de partida, pero no de llegada. Llamaba a su estilo “Quinquelismo”.

El realismo de un arte figurativo quinqueliano intuye la esencia no directamente perceptible de lo que se ve; un ver poético de la visceralidad de un entorno a través de una filosofía del color energético, heredera de la liberación del cromatismo por los venecianos en el siglo XVI, en tiempos del Renacimiento humanista; y ahondada luego, en el siglo XIX, por los románticos y los impresionistas enamorados de la luz y del sensual colorido del mundo.  

Y nuestros anfitriones nos hacen notar una obra que Quinquela realizó en 1946, un esmalte sobre chapa de hierro cocido a 800 grados de temperatura, lo que permitía su exhibición al aire libre. Y esto ocurrió durante una exposición en Tres Arroyos, localidad de la Provincia de Buenos Aires, en 1956.

Las obras de Quinquela se agrupan en distintas series: El puerto y el TrabajoEl Fuego, y el Cementerio de Barcos. La primera constelación representa las arquetípicas imágenes quinquelianas ancladas en los entornos portuarios boquenses, cuyos personajes principales son los estibadores. Los trabajadores empeñados en la carga. La descarga. Entre buques. Veleros. Y lanchas fondeadas en los muelles cerca de cuerdas y cajas de madera. Los seres que, avanzan, sin desfallecer, por el orgullo de lo bien realizado que les provee el alimento de los hijos, la esposa, y de sí mismos. En este grupo sobresale el óleo sobre tela  A pleno sol (1924). En el grupo El fuego, dispuesto en una sala homónima del museo con ventanas por las que se cuela una tarde diáfana, dominan los lienzos grávidos de luz, entre fiestas  y faenas laborales, como Calentadadores de chapas en el astillero (1932); Descarga del horno (1932); Incendios en tanques de petróleo (1940); o la Fogata de San Juan (1940) que, con hipnótica magia, evoca la fiesta popular de la Fogata de San Juan que se celebra el 14 de julio; festividad procedente de los ritos agrarios del hemisferio norte al celebrar la llegada del solsticio de verano, y  que arraigó en La Boca durante la primera mitad del siglo XX, lo mismo que en el resto del país.

Y en la tercera serie, el artista concentró sus colores y formas en los barcos en su ocaso, próximos a su desguace o hundimiento. El momento final de los navíos que es también metaforización de la muerte, pero luego de una larga historia de productiva navegación. Lo que se sospecha en cuadros como Cementerios de barcos (1930); Restos de la Fragata Argentina (1936),  Clavado en el Riachuelo (1960), o Hundimiento del Santo Vega (1946).

Y entre las joyas quinquelianas dentro del museo especial mención merece Crepúsculo en el astillero, de 1922. La obra preferida de Quinquela. El barco con su proa y su casco, anclado mediante gruesas y colgantes cadenas a los pilotes en un astillero del puerto. Los trabajadores se apostan entre cabestrantes con sogas y andamios para clavar, soldar, agregar partes al navío con tres mástiles. El crepúsculo irradia sus amarillos, naranjas y rojos que se propagan hasta el horizonte. En derredor, el muelle, otros barcos, el cielo crepuscular, la imagen que impacta con su textura táctil. La nave en reparación dimana un color de sombra tostada, alternado con variaciones sutiles de azul oscuro y azul ftalo.

En Italia, donde conoció al papa Pío XI y al Rey Víctor Manuel III, recibió una propuesta de compra de Crepúsculo en el astillero, aparentemente de parte de Mussolini, con un cheque abierto. Pero Quinquela se negó.

Una estrategia para hacer visible algunas obras de Quinquela en las calles boquenses es el “museo delivery”: reproducciones de sus obras encuentran su lugar en el barrio para brillar y ser contempladas por los vecinos; lo cual, nos dice Víctor Fernández, el director  del museo, responde al ideal de Quinquela de “socializar la obra de arte; él destina un mural para cada aula de la escuela que donó, o para la confitería de River Plate, o el hall de entrada de Boca Juniors, la sede social de Racing club, o el andén de Plaza Italia del subte”. Esta socialización de la obra artística es lo que comienza con la creación de Caminito por parte de Quinquela como espacio público permanente para la exhibición de obras de numerosos artistas, y que inspiró el famoso tango “Caminito” (1926), de Juan de Dios Filiberto.  

Las esculturas también tienen su sitio dentro del museo. Quinquela contribuye también a la riqueza escultórica que se exhibe desde su condición de coleccionista, fuertemente interesado por esta forma del lenguaje artístico. Entre muchos ejemplos escultóricos, además de los ya referidos de Luis Perlotti, el patrimonio del museo incluye, por ejemplo, la obra El arponero, ejercicio de soltura clásica en la modelación del cuerpo en tensión y energía del notable Roberto Capurro (1903-1971), nacido en una familia de marinos.

Entre las pinturas de los otros grandes artistas en el museo quinqueliano, nos atrae Tarde de verano, de Guillermo Martínez Solimán (1900-1984), unos espigadores en un paisaje de tonalidades amarillas y vastedad rural; La tropilla (1937), de Juan Carlos Castagnino (1908-1972), con unos exultantes caballos en su vida libre y salvaje; o una gran obra de Eduardo Sívori, que presentó en el Salón de París en 1888, y que Quinquela compró para el museo en 1938: “La muerte de un marino”.

Al recorrer muchos museos podemos creer que su riqueza se ciñe a lo exhibido pero, en realidad, el acervo museístico real es siempre mayor al expuesto, y se continúa en esa escondida sala de tesoros que es “la reserva técnica”, a la que Víctor nos dirige.

Aquí nos encontramos también con Alicia Martín, coordinadora de educación, extensión cultural y comunicación del museo. Y advertimos las numerosas obras que esperan su momento de ver y ser vistas; y los diversos instrumentos de un Taller de Restauración donde profesionales calificados, con amoroso esmero restauran el patrimonio artístico para evitar el deterioro del tiempo; lugar también de  preparación de nuevas exhibiciones, y en permanente disposición de las áreas de Investigación y Curaduría.  Toda esta actividad se relaciona con la finalidad general de todo museo como ser, afirma Víctor, “la conservación y preservación de un patrimonio con fines de esparcimiento educativo”. Y a esto “se agrega la impronta del propio Quinquela: la interacción inseparable del museo y del entorno comunitario”. De hecho, los vecinos participan activamente de la vida del museo, como en una reciente acción  “que consistió en intervenir la fachada del museo con miles de medios pañuelos de color evocando al medio pañuelo con el que Quinquela fue abandonado”, nos dice Víctor Fernández.

En todo el museo, apreciamos la mística del color de Quinquela. Esa energía expresiva que el artista manifiesta que la elegía “para las flores y el paisaje, para mis barcos y mis cielos, para este riachuelo que prolonga mi vida hacia un río de cambiantes tonos. El color nunca muere, y yo entre colores seguiré viviendo, iré prendido a los colores hasta después de muerto”.

Y así fue, literalmente… 18 años antes de su muerte, Quinquela pintó su propio féretro; en la tapa un barquito; en la madera interna los colores de la bandera argentina. El ataúd fue alojado en Casa Cichero, tradicional lugar de sepelios en el barrio. En esos tiempos, La Boca se inundada con frecuencia, por lo que el féretro del pintor flotó varias veces a la deriva, y varias veces fue restaurado.

Un personaje que inventa el arquetipo de La Boca. La Boca no sería sin Quinquela y viceversa. El artista indisociable de la sustancia de un ambiente. Una vez, en Nueva York le propusieron pintar murales inspirados en la ciudad de la Estatua de la Libertad. Pero Quinquela entonces aclaró que él solo podía pintar su barrio.

Nos despedimos de nuestros amables anfitriones. Agradecemos por su cordialidad, y por su amor a la obra de un artista singular. Y volvemos a la calle entre el museo y el Riachuelo. Hacia adelante, más allá, de nuevo escudriñamos las siluetas de depósitos y fábricas y los contornos de la llamada Isla Maciel. Y arriba, el cielo, y abajo el rumor que aún escuchamos de los trabajadores que van y vienen entre sus humildes casas y el muelle, abrumados por el esfuerzo de ganarse el pan día a día; y, entre ellos, ese joven desgarbado, siempre entusiasta y hechizado, con su espátula, su paleta, con su corazón que ofrece para inmortalizar a los que  trabajan, sufren y sueñan, entre los colores de los barcos, del agua, y de la vida recuperada.

También pueden visitar la página del Museo:

https://buenosaires.gob.ar/educacion/gestion-cultural/museo-benito-quinquela-martin

Libro Benito Quinquela Martín: el hombre que fue nosotros de Walter Caporicci Miraglia para descargar:

https://cdn2.buenosaires.gob.ar/educacion/museoquinquela/2018_quinquela_el_hombre_que_fue_nosotros.pdf

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