Cuando la ciudad se transforma en museo

Fuente: Página 12 ~ Ciudadanos crean conciencia sobre patrimonio arquitectónico en Rosario, donde un paseo puede ser una cita con el modernismo, con obras construidas a mediados del siglo veinte.

La segunda oleada de la pandemia nos deja a los rosarinos sin teatros ni museos, sin conciertos ni danza, sin goce estético en copresencia en una sociedad de productores de cultura que hace más de un año ven peligrar su subsistencia y resisten en la ciudad de pobres corazones. ¿Qué se puede hacer salvo salir a caminar? Recuperar la práctica del paseo, si sabemos mirar los detalles, permite disfrutar de la valiosa arquitectura local y de los murales urbanos. Hay un espacio online que sirve de guía.

Ana María Ferrini no es arquitecta ni fotógrafa, sino profesora de Letras por la Universidad Nacional de Rosario. Hace unos años, empezó a salir con una cámara a fotografiar tesoros arquitectónicos de la ciudad que estaban por ser demolidos. «Fue correr contra la piqueta», contó. La impulsaba «la desesperación de fijar en foto lo que va a desaparecer». Habituada a investigar, se dedicó a consultar bibliotecas tras las historias de aquellas hermosas fachadas, y el hobby personal terminó convertido en causa colectiva. Administrado por Ana María, Basta de demoliciones (https://www.facebook.com/groups/bastadedemoliciones) es un espacio en la red social Facebook que nuclea a defensores de este patrimonio. El grupo es privado y hay que solicitar unirse. Tiene 6.300 miembros.

Casa racionalista en Pasaje Amelong. Foto: Tere Furia

Esa suma de voluntades, potenciada por el espacio de diálogo, produjo acciones cívicas como un documento colectivo publicado online, donde se expresa un clamor ciudadano que interpela al gobierno municipal (https://barullo.com.ar/patrimonio-rosarino-documento-del-grupo-basta-de-demoliciones/). Reunió 180 firmas y fue entregado a las autoridades municipales en febrero. En una entrada, o posteo, del 1º de mayo, Ana María transcribe una respuesta recibida el 19 de abril, firmada por María Elena Santos, directora del Programa de Preservación y Rehabilitación del Patrimonio, y por el subsecretario de Planeamiento, Gervasio Solari. La respuesta fue comentada en el grupo en un tono general de decepción. Cabe preguntarse qué pasaría si el grupo deviniera en ONG o asociación civil, con recursos económicos y la consiguiente capacidad de acción.

Ana María y otros integrantes suben al grupo álbumes de fotos situadas, producidas por ellos mismos, que documentan la belleza efímera de las calles. Uno reciente reúne los murales urbanos que llevan la firma de Lacast, con sus stenciles de rostros humanos o de monos y perros humanizados. Un álbum entero es dedicado al motivo decorativo del león, en un «safari» fotográfico por Miguel Ángel Germán. Hay que detenerse y levantar la vista para descubrirlos en la jungla urbana.

La casa barco, en bajada Puccio. Foto: Marcelo Fabbrini

Varias de esas series registran la elegancia modernista, basada en formas puras, de las obras arquitectónicas en lenguaje racionalista que fueron construidas a mediados del siglo veinte en Rosario. La más misteriosa y mejor situada es «la casa barco», que desde su alta terraza mirador domina una amplia vista de la ribera del Paraná; está en la esquina de Avenida Puccio y Álvarez Thomas y es obra de Horacio Méndez, quien diseño casas de similar estilo en Viamonte y Sarmiento, Viamonte y Pasaje Amelong, Mitre y Cochabamba, Santiago y 9 de Julio…

Pablo Mercado, arquitecto, activo integrante del grupo, cuenta que «el lenguaje racionalista es un apelativo a la modernidad y al progreso, a la máquina como complemento para el hombre… el progreso como idea de salud, asoleamiento, confort. Los cambios en los sistemas constructivos llegan a la ciudad con un nuevo edificio que ya no establece la esquina para una cúpula sino para un juego de volúmenes que la prestigia por su composición: en 1938 se construyó el edificio de la Comercial de Rosario, durante décadas el más alto de la ciudad, proyecto del estudio de los arquitectos De Lorenzi, Otaola y Rocca, que tal vez sean los más puristas; fue construido por Biasutto y Fuentes sobre el eje de calle Córdoba y la intersección con el Boulevard Oroño. El estudio tiene además la Comercial de Rosario en Córdoba y Oroño y el ‘Gilardoni’ en Rioja y Oroño. Y también las oficinas de Grimaldi Grassi en Santa Fe entre Paraguay y Corrientes, el primer curtain wall de Rosario», recuerda.

En 1943 se edificó la torre en calles San Juan y Maipú de los arquitectos Picasso, Funes y Fernández Díaz para la Sociedad Unione e Benevolenza. Ese estudio proyectó también el célebre edificio de la Cooperativa de Vivienda, «el Palomar» (calles Colón y Mendoza), que según Mercado es representativo de una vertiente tardía: «Es un escándalo de curvas, parapetos corridos y bloques verticales, sobre un basamiento que absorbe la pendiente de la cuadra. Dentro del lenguaje racionalista se crea el estilo ‘naval’ en algunas obras de Rosario, como la casa que hace Méndez sobre la subida Puccio para su vivienda, la casa barco. El estilo naval tenía ojos de buey como ventanas y salas de máquinas». 

Mercado fecha el lenguaje racionalista entre la segunda mitad de la década de 1930 y los años ’50, y evoca otros representantes del lenguaje: «Camilo y Quaglia, con muchas obras de escala doméstica; Daumas y Maisonnave en edificios audaces, como el de calle Santa Fe entre Entre Ríos y Corrientes; también Echesortu, Casas y Armentano con planteos como el del cine Echesortu, que luego fue la discoteca Space». Una obra racionalista estatal importante fue el Museo Castagnino (1937), en estilo ‘littorio’, por los arquitectos Hernández Larguía y Newton. Antes del racionalismo fue el Art Déco; después vinieron «el lenguaje internacional y el pintoresquismo, conviviendo mezclados hasta los ’60. Se daban cuando se dieron en otras partes del mundo, eso es lo mágico», opina. «Ahora estamos un poquito atrasados». 

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