Nuevas pistas sobre los últimos días de Van Gogh en un mercado de pulgas de EE.UU.

Fuente: La Nación ~ Edmund Walpole Brooke fue compañero de excursiones del artista holandés, y una acuarela suya descubierta insólitamente podría ser la punta de un ovillo

El pintor decimonónico Edmund Walpole Brooke tiene un papel pequeño pero perdurable en la historia del arte, y no por su propia obra, sino por la relación que entabló con Vincent van Gogh en los trágicos días que precedieron a su suicidio, en julio de 1890. Esa especie de amistad que los unió brevemente ya es de por sí digna de mención, dada la inclinación de Van Gogh al aislamiento durante su estadía definitiva en Auvers-sur-oise, una aldea al noroeste de París. Pero Brooke había crecido en Japón, lugar que al pintor holandés le resultaba fascinante. Así que Brooke y Van Gogh se embarcaban en excursiones de pintura al aire libre, y la crónica de esa relación quedó plasmada en unas pocas cartas que despertaron la curiosidad de un estudioso de la obra de Van Gogh que sigue tratando de entender qué lo llevó a darse un tiro en el pecho.

“Brooke es un enigma”, dice Tsukasa Kodera, curador y profesor de historia del arte de la Universidad de Osaka, Japón, que está investigando al ignoto pintor. “Quién sabe, podría haber recibido cartas de Van Gogh, o haber recibido dibujos o pinturas de regalo, o tal vez intercambiaron obras”. Desde hace casi una década, Kodera se ha dedicado sin demasiado éxito a recabar información sobre Brooke. Visitó su tumba en Japón y encontró registros de la participación de Brooke en exposiciones en la Real Academia de Artes de Londres y en el Salón de París de 1891. También encontró pruebas de dos muestras individuales de Brooke en Japón.

Pero encontrar una pintura de Brooke venía siendo una quimera, al menos hasta ahora. En abril, Katherine Matthews, una fanática de las ferias americanas y los puestos de antigüedades, se cruzó con una acuarela firmada por un tal E. W. Brooke mientras hurgaba en un local llamado Warehouse 839, en la localidad de Saco, Maine, Estados Unidos, donde venden todo tipo de chucherías. Matthews pagó 45 dólares por esa imagen de una mujer japonesa con un bebé. De camino a su casa con el cuadro, y con curiosidad por saber qué había comprado, se detuvo en la playa de estacionamiento de un supermercado y buscó en internet quién era ese tal Brooke. Rápidamente encontró la conexión con Van Gogh y, ya en su casa, con ayuda de su esposo, John, se pusieron en contacto con Kodera. El investigador japonés cree muy probable que Katherine haya descubierto una rareza: un Brooke original. “¿Cuántos pintores puede haber con ese nombre y que pinten ese tema de una mujer japonesa con un bebé?”, dice Kodera. “Imposible pensar en nadie más”. La acuarela en cuestión es pequeña, de 32×48 cm, y la mujer carga al bebé en su espalda. En el fondo, se ve una vivienda rural rodeada de un follaje exuberante.

Kevin Kereghan, dueño del negocio de Maine, dice que el cuadro lo compró hace unos 15 años, en el remate de los bienes de una familia de New Hampshire. La familia era originaria de California, detalle que Kodera considera una buena señal, ya que ahí vivían los dos hermanos de Brooke. Kereghan tuvo colgada la acuarela en el living de su casa durante diez años, hasta que un día decidió ponerla en venta y la llevó a su negocio. “Mi gusto fue cambiando”, dice el comerciante.

Matthews cuenta que el cuadro le llamó de inmediato la atención. Fue el último objeto que eligió ese día. “La carita de esa beba asomando sobre el hombro de su madre me capturó”, recuerda.

Hay pocos destellos de luz sobre los últimos días de Van Gogh, apenas esos momentos que plasmó en sus intercambios epistolares con su hermano Theo; su madre, Anna, su hermana Willemien, y un par de personas más. Y Brooke es justamente una de las pocas personas que Van Gogh menciona en sus cartas de esos días, en los que trabajaba a un ritmo febril y que redundaría en obras como Campo de trigo con cuervos y La iglesia de Auvers.

De las cartas se desprende que Van Gogh consideraba a Brooke un buen compañero, aunque, a los 24 años, todavía un artista mediocre. “Es probable que quiera mostrarte algunos de sus estudios, bastante sin vida, aunque él es un buen observador de la naturaleza”, le escribió el 2 de julio a su hermano Theo. “Está acá en Auvers desde hace meses, y a veces salimos juntos. Creció en Japón, pero al ver su pintura, nadie lo diría”.

Una historia triste

Brooke había nacido en Australia, pero se mudó de muy chico con su familia a Japón, donde su padre, John Henry, trabajó como periodista y luego director del Japan Daily Herald, un periódico en inglés con sede en Yokohama. “El padre en su momento llegó a ocupar un lugar destacado en la sociedad de expatriados de Yokohama”, escribió Kodera en el catálogo de la exposición Van Gogh y Japón.

Pero reconstruir el resto de la biografía de Brooke resultó ser un gran desafío. Después de dos años de investigación, Kodera logró encontrar la tumba del artista en el Cementerio Extranjero Municipal de Kobe. “No tenía nada y se mudó a Kobe a los 58 años. Es una historia triste”.

Igual de difícil fue dar con rastros de su obra. Hace unos años, Kodara encontró un registro que consignaba que la Galería Redfern, de Laguna Beach, California, había vendido un cuadro de un artista llamado E.W. Brooke, pero el dueño de la galería no recordaba quién lo había comprado. En una subasta de propiedades en 2014 en Los Ángeles también apareció una obra de E.W. Brooke, pero no hay más señales del cuadro.

Kodera se quedó helado al recibir ese mail desde el estado de Maine, que aseguraba que tal vez había una pintura de Brooke en un lugar sin conexión aparente con el artista. Aunque la obra aún no ha sido autenticada –una tarea complicada, ya que no hay otras obras de Brooke con las que compararla–, las evidencias preliminares son prometedoras.

Uno de los objetivos de la búsqueda de Brooke es la posibilidad de que alrededor de la vida de Brooke haya más evidencia de Van Gogh, tal vez incluso una obra oculta sin descubrir, regalo de un artista a otro. Pero las esperanzas de un hallazgo de ese tipo, o incluso de encontrar algún otro ejemplo del trabajo de Brooke, se desvanecieron cuando Kodera descubrió que la casa de Brooke en Yokohama había sido devorada por las llamas durante el catastrófico terremoto de 1923. El descubrimiento de esta acuarela en un negocio de cosas viejas en Estados Unidos avala cierto optimismo. Si un cuadro de Brooke puede aparecer en un improbable local de Maine, tal vez haya otros que no se perdieron, ni por el paso del tiempo ni por ninguna catástrofe. “Puede convertirse en un descubrimiento importante, que eche luz sobre las últimas semanas de vida de Van Gogh”, concluye Kodera, esperanzado.

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